Aaron Copland tardó más de dos años en escribir su Tercera Sinfonía, la única que compuso (después de abandonar tempranamente la Primera y la Segunda). Era su obra sinfónica más ambiciosa, pensada para rivalizar con las grandes sinfonías europeas pero con un lenguaje inequívocamente americano. El encargo vino de la Orquesta Sinfónica de Boston y su legendario director Serge Koussevitzky, un amigo y mentor de Copland. Durante la composición, el mundo cambió: la guerra terminó en Europa (1945) y luego en el Pacífico (1945), pero comenzaba la Guerra Fría. Copland, que simpatizaba con ideales de izquierda, fue observado con recelo por el gobierno, aunque eso no afectó su trabajo. La sinfonía se estrenó en 1946 con gran expectación: era la obra más grande y seria que Copland había escrito hasta la fecha. Koussevitzky la dirigió con una pasión extrema, y el público respondió con entusiasmo, aunque algunos críticos se sintieron incómodos con su mezcla de 'lo popular' y lo 'sinfónico pesado'. Copland revisaría la obra ligeramente en 1947, y esa es la versión que ha llegado hasta nosotros.
El sonido de la Tercera Sinfonía de Copland es una ascensión desde la oscuridad hacia la luz. Cuatro movimientos que recorren un arco dramático clásico pero con un lenguaje armónico propio: cuartas y quintas, acordes abiertos, melodías que parecen flotar. El primer movimiento comienza con un misterio casi cósmico (cuerdas graves y trompas solitarias) que poco a poco gana terreno hasta explotar en un tema enérgico y vital. El segundo movimiento es un scherzo salvaje y rítmico, con metales que parecen fanfarrias de rodeo pero también ecos de Stravinsky. El tercer movimiento es el corazón lírico: una balada lentísima, casi inmóvil, con flautas y cuerdas que tejen una melodía de una belleza desgarradora, interrumpida por un clímax feroz que se disuelve en la nada. El cuarto movimiento es la gran sorpresa: después de su propia introducción tensa, irrumpe la famosa 'Fanfare for the Common Man' (compuesta en 1942) transformada en tema sinfónico. Copland la despliega, la desarrolla, la lleva al paroxismo y la desvanece en un final triunfal y abierto, con timbales y metales que parecen tocar desde la cima de una montaña. La orquestación es enorme: triple viento, muchos metales, percusión abundante (incluyendo piano y arpa). No hay colaboraciones externas, pero la influencia de Koussevitzky fue decisiva: el director exigió una sinfonía a la altura de las europeas, y Copland respondió con una obra que es, a la vez, americana y universal.
El legado de la Tercera Sinfonía ha sido controvertido. En su estreno, las críticas oscilaron entre el entusiasmo ('la gran sinfonía americana por fin') y el rechazo ('una mezcla incoherente de Copland popular y Copland serio'). Con los años, se ha convertido en una de las sinfonías americanas más interpretadas, pero sin alcanzar el estatus de las de Ives o Bernstein. Muchos críticos y músicos la consideran una obra maestra imperfecta, con un tercer movimiento sublime y un cuarto que, a veces, se siente demasiado dependiente de la fanfarria. Sin embargo, su legado es fundamental por dos razones: demostró que un compositor americano podía abordar la forma sinfónica sin imitar a los europeos, creando un lenguaje propio; y consolidó el 'sonido Copland' como uno de los más reconocibles del siglo XX. La grabación de Leonard Bernstein con la Filarmónica de Nueva York en los años 60 ayudó a popularizarla, y hoy directores como Michael Tilson Thomas y Marin Alsop la defienden con pasión. Para los amantes de Copland, es su obra más ambiciosa y, quizás, la más personal. Una sinfonía que es un viaje desde la duda hasta la celebración, de la soledad a la comunidad. Como el propio Copland: un hijo del pueblo que se atrevió a soñar en grande.