A principios de los años setenta, Joan Baez ya no era solo la reina del folk acústico que había encandilado al público del Festival de Newport; era una mujer quebrada y renacida, cuyo matrimonio con el activista David Harris había naufragado entre rejas y desencuentros. Fue en ese crisol de dolor y resistencia donde comenzó a gestar Blessed Are..., un álbum doble que quería ser un testamento espiritual y político, una suerte de misa laica para tiempos de guerra. Baez se rodeó de músicos de Nashville, entre ellos el bajista Norbert Putnam —quien también coprodujo—, y grabó entre las paredes de ladrillo de los estudios A&R en Nueva York y la intimidad de su hogar en Topanga, donde el eco de las colinas californianas parecía susurrarle melodías. Las sesiones fueron intensas y catárticas, con Baez alternando entre lágrimas y risas, mientras el guitarrista Larry Carlton y el baterista Kenny Malone tejían una alfombra sonora que iba del country rock al gospel más elevado. Fue un disco parido en la frontera entre lo público y lo privado, donde cada canción era un intento de encontrar belleza en medio del desastre, y donde la artista, por primera vez, se atrevió a escribir casi todas las letras, desnudando su alma sin concesiones.
Musicalmente, Blessed Are... es un tapiz exuberante y sorprendente que se aleja del folk minimalista de sus primeros trabajos para abrazar arreglos orquestales, coros celestiales y una producción más pulida que nunca, cortesía del toque sureño de Putnam. Canciones como la desgarradora 'The Night They Drove Old Dixie Down' —una versión de The Band que Baez convirtió en un himno de redención— y la dulcemente militante 'Blessed Are' muestran a una artista que ya no temía mezclar lo sagrado con lo profano, el amor con la lucha. La colaboración con el poeta y compositor Eric von Schmidt en 'Sail Away Ladies' y la inclusión de la conmovedora 'When Time Is Stolen' revelan una sensibilidad que bebe tanto de los espirituales negros como de la canción de protesta blanca, mientras que temas como 'Gabriel y 'The King of the Road' (sí, una versión de Roger Miller) demuestran un sentido del humor y una ligereza que pocos esperaban de ella. Lo que hace especial a este disco es su capacidad para contener la contradicción: la misma mujer que canta con voz de ángel sobre la no violencia puede gruñir con furia profética en 'The Hitchhikers' Song', y esa dualidad, esa humanidad a flor de piel, es lo que lo convierte en una obra maestra inclasificable.
El impacto de Blessed Are... en la historia de la música fue doble: por un lado, consolidó a Joan Baez como una compositora de fuste, demostrando que su talento iba mucho más allá de ser la intérprete perfecta de Dylan; por otro, se convirtió en un faro para toda una generación que buscaba reconciliar la espiritualidad con la acción política. En un momento en que el sueño de los sesenta se desvanecía entre balas y desilusiones, este álbum ofreció un consuelo que no era naíf ni resignado, sino activo y esperanzado, como un abrazo que al mismo tiempo te empuja a la lucha. Su legado resuena en cada artista que ha intentado fusionar lo íntimo con lo universal, desde la Fiona Apple hasta la propia Taylor Swift, y su influencia se siente en la manera en que el folk-rock entendió que podía ser grandioso sin perder el alma. Más de cincuenta años después, Blessed Are... sigue siendo un recordatorio de que la música puede ser un acto de resistencia y de amor, un álbum que merece ser redescubierto como la joya compleja y luminosa que es, un testamento de que incluso en los tiempos más oscuros, hay belleza esperando ser bendecida.