Para cuando Marcus King se encerró con Dan Auerbach en los estudios Easy Eye Sound de Nashville, el guitarrista de Greenville, Carolina del Sur, ya llevaba años siendo aclamado como un prodigio del blues rock, un niño de veintipocos que cargaba con el legado de su padre, el también músico Marvin King, y que había pasado la mayor parte de su juventud en carretera con su banda, The Marcus King Band. Pero había algo que lo inquietaba: la sensación de que su sonido, pese a su virtuosismo, necesitaba una mutación, un viaje hacia territorios más amplios donde el soul, el country y el pop setentero pudieran convivir con sus raíces. Fue entonces cuando Auerbach, líder de The Black Keys y artífice de un renacimiento del rock de garaje con alma vintage, le propuso no solo producirle, sino coescribir y reimaginar por completo su enfoque. El resultado fue un proceso casi terapéutico: grabaron en vivo, con la banda de sesión de Auerbach, en sesiones que olían a bourbon y a madera vieja, capturando la urgencia de un tipo que cantaba sobre amores rotos y autopistas interminables con una voz que parecía tener décadas de experiencia. King, que había lidiado con problemas de salud mental y el peso de las expectativas, encontró en esas canciones un refugio, y el álbum se convirtió en una carta de presentación que no pedía permiso, sino que simplemente existía con la certeza de quien sabe que ha dado con algo verdadero.
El sonido de 'El Dorado' es una criatura híbrida y fascinante: por momentos es un disco de soul sureño bañado en pedal steel, como en la exuberante 'The Well', donde la guitarra de King llora mientras su voz se eleva como un predicador laico; por otros, es un ejercicio de pop-rock melancólico que recuerda a los mejores momentos de Tom Petty, como en 'Beautiful Mystery', una canción que debería sonar en todas las radios del mundo con la ventanilla bajada. La producción de Auerbach, cálida y analógica, envuelve cada instrumento en una neblina de cinta de carrete, dándole al disco una textura que parece sacada de 1973, pero con una urgencia lírica muy del siglo XXI. Colaboraciones como la de la cantante de soul Erin Rae en los coros añaden capas de vulnerabilidad, y la sección rítmica —con el bajista Nick Movshon y el baterista Homer Steinweiss, ambos veteranos de las sesiones de Daptone— aporta un groove terroso que sostiene incluso los momentos más introspectivos. Canciones como 'One Day She's Here' y la propia 'El Dorado' muestran a un King capaz de escribir estribillos que se clavan en la memoria, mientras que en 'Break' despliega un falsete desgarrador que revela una madurez interpretativa impropia de su edad. Lo que hace especial a este disco es esa contradicción: parece un clásico perdido, pero respira con la urgencia de alguien que está descubriendo quién es realmente.
El impacto de 'El Dorado' fue inmediato y silencioso a la vez: no reventó las listas de ventas como un fenómeno pop, pero sí colocó a Marcus King en un pedestal dentro de la crítica especializada, que lo saludó como el heredero de una tradición que va de Derek Trucks a Sturgill Simpson, pero con un pie en el rock clásico y otro en el soul más desgarrado. En un momento en que la música americana estaba fragmentándose entre el country mainstream y el indie folk, King demostró que aún era posible hacer un disco que sonara a carretera, a bar de carretera, a desamor y a redención, sin necesidad de etiquetas. Su legado, a corto plazo, fue abrirle la puerta a una generación de músicos jóvenes que querían combinar el virtuosismo con la canción bien escrita, y a largo plazo, este álbum se perfila como un punto de inflexión en su carrera: el momento en que dejó de ser una promesa del blues para convertirse en un narrador completo. Culturalmente, 'El Dorado' importa porque llegó justo antes de la pandemia, cuando el mundo necesitaba discos que sonaran a refugio, a algo sólido y reconfortante, y porque demostró que el rock sureño no era un género muerto, sino un lenguaje que podía reinventarse desde la honestidad. Hoy, cuando se habla de los grandes discos de la década de 2020, este aparece como un faro: una obra que no inventó nada, pero que lo hizo todo con una pasión y un oficio que solo los grandes saben sostener.