Para 2019, Neil Young ya era un patriarca del rock, un espíritu indomable que había atravesado décadas de reinvención, pero algo en el aire de la era Trump lo impulsó a buscar de nuevo la chispa eléctrica de sus compañeros de siempre: Crazy Horse. El álbum 'Colorado' nació de una serie de sesiones improvisadas en el estudio casero de Young, ubicado en las alturas de ese estado que da nombre al disco, donde el paisaje agreste y el cielo infinito parecían reflejar la tensión de un país dividido. Tras la muerte de su amigo y colaborador David Briggs, y con la sombra de la crisis climática y política como telón de fondo, Neil convocó a Billy Talbot, Ralph Molina y, por primera vez desde 2012, a Nils Lofgren, reemplazando al fallecido Frank 'Poncho' Sampedro. La grabación fue un proceso casi ritual: sin ensayos previos, con el sonido crudo de amplificadores valvulares y la química de veteranos que se entienden con una mirada, capturaron tomas en vivo que transpiran urgencia y verdad. Cada canción surgía de una jam, de un riff que Neil tarareaba mientras el resto se sumergía en ese trance hipnótico que solo Crazy Horse sabe fabricar, como si el estudio fuera una cueva donde el ruido se convierte en poesía eléctrica.
Musicalmente, 'Colorado' es un viaje por el desierto sonoro de Young: guitarras que lloran y rasgan, ritmos que avanzan como un caballo cansado pero digno, y esa voz quebrada que parece cargar con el peso del mundo. Canciones como 'She Showed Me Love' destilan una ironía dulce y amarga, mientras que 'Help Me Lose My Mind' se sumerge en un blues psicodélico que evoca los días de 'Zuma' y 'Rust Never Sleeps'. La pieza central, 'Rainbow of Colors', es un himno ecologista que combina la simpleza de un mantra infantil con la crudeza de un grito de guerra, y en 'Green is Blue' la guitarra de Neil dibuja paisajes de melancolía líquida. La producción, a cargo del propio Young junto a John Hanlon, es deliberadamente áspera, evitando cualquier pulido innecesario para que la madera de las canciones se sienta viva, como si estuvieras en el sótano de un bar polvoriento. Lo que hace especial a este disco es la forma en que la banda, ya entrando en la séptima década de sus vidas, recupera la urgencia juvenil sin perder la sabiduría de los años, logrando que cada acorde suene a despedida y a renacimiento al mismo tiempo.
El impacto cultural de 'Colorado' reside en su testaruda resistencia a envejecer con gracia: en una era de producción digital y canciones prefabricadas, Neil Young y Crazy Horse demostraron que el rock aún puede ser un acto de resistencia primitiva, un espacio para la rabia y la ternura sin filtros. El álbum no rompió récords de ventas ni dominó las listas, pero sí recordó a una generación que la autenticidad sigue siendo un acto político, especialmente cuando se canta contra la codicia corporativa y la destrucción del planeta. Para la historia de la música, 'Colorado' es un eslabón en la cadena que conecta el folk eléctrico de los setenta con el activismo del siglo XXI, un testimonio de que la vejez no tiene por qué significar complacencia. Además, consolidó la idea de que Crazy Horse no es solo una banda de acompañamiento, sino un organismo vivo que respira con la misma intensidad que en 'Everybody Knows This Is Nowhere', y que su legado sigue inspirando a músicos que buscan honestidad en un mundo de plástico. En un momento donde el ruido digital amenaza con ahogar la voz humana, este disco se erige como un faro de barro y electricidad, una prueba de que la canción de protesta y el amor por el sonido sucio aún tienen un lugar sagrado en el altar del rock americano.