1942, Estados Unidos en guerra. El director de la Orquesta Sinfónica de Cincinnati, Eugene Goossens, tuvo una idea brillante: encargar a diferentes compositores fanfarrias patrióticas que se pudieran interpretar al inicio de los conciertos para levantar la moral y apoyar el esfuerzo bélico. Goossens sugirió a Copland que escribiera una 'Fanfarria para el soldado' o la 'Fanfarria para el espía'. Pero Copland, con su genio tranquilo pero rebelde, respondió: '¿Por qué no una fanfarria para el hombre común?'. Goossens dudó un segundo, luego asintió. Copland se encerró en su estudio en Sneden's Landing, Nueva York, y en pocas semanas entregó una partitura revolucionaria: solo tres minutos, para metales, timbales, gong y bombo. No había violines ni melodías bonitas. Había algo más profundo: una oda a la dignidad de la gente anónima, los trabajadores, los campesinos, los soldados rasos. El estreno fue el 12 de marzo de 1943, y el impacto fue inmediato. El público no sabía muy bien qué acababa de escuchar, pero sintieron que era importante.
El sonido de 'Fanfare for the Common Man' es tan simple que parece fácil, y tan perfecto que resulta milagroso. Comienza con un solo de bombo y gong, como el latido del corazón de la tierra. Luego entran las trompetas con una melodía amplia y grave, casi una pregunta retórica. Los trombones responden con acordes profundos, y los timbales marcan el paso como un gigante caminando. El tema principal asciende poco a poco, lleno de esperanza y gravedad, y se repite con variaciones: unas veces más fuerte, otras más íntimas. No hay desarrollo en el sentido clásico; es casi un mantra, una afirmación repetida hasta que se convierte en verdad. La orquestación es minimalista pero de una efectividad arrolladora: tres trompetas, cuatro trompas, tres trombones, una tuba, timbales, bombo y gong. Nada más. Las armonías son quintas abiertas y cuartas, un lenguaje que Copland había perfeccionado y que aquí alcanza su expresividad máxima. No hay colaboraciones, pero la sugerencia de Goossens fue el detonante creativo. Cada vez que se escucha esta fanfarria, se tiene la sensación de estar presenciando algo sagrado, como si la música pudiera tocar lo divino sin necesidad de palabras.
El legado de 'Fan for the Common Man' es casi imposible de medir. Se ha convertido en la pieza más famosa de Copland, y quizás la más interpretada de toda la música americana del siglo XX. Ha sonado en inauguraciones presidenciales (la de Bill Clinton, por ejemplo), en Juegos Olímpicos, en conciertos de rock (Emerson, Lake & Palmer la adaptaron en 1977), en películas ('Platoon', 'The Right Stuff') y en miles de funerales, bodas y eventos civiles. La crítica la ha llamado 'la respuesta americana al Dies Irae', 'el himno de los sin nombre', y 'un manifiesto en tres minutos'. Más allá de su popularidad, su legado es político y filosófico: en plena guerra, Copland eligió celebrar al ciudadano anónimo, no al héroe militar ni al político. Ese gesto de humildad y grandeza a la vez resume lo mejor del sueño americano. 'Fanfare for the Common Man' nos recuerda que la dignidad no la otorgan las medallas, sino el simple hecho de existir y luchar por un mundo mejor. Tres minutos que suenan a eternidad.