Continuando la estela narrativa de su predecesor, este disco fue concebido como una secuela donde el protagonista, Steven, viaja al inframundo en una suerte de comedia satánica y musical. Grabado en los Soundstage de Toronto bajo la mirada atenta de Ezrin, el álbum refleja un momento de enorme confianza creativa para Alice, quien se sentía libre para explorar sonidos aún más alejados del rock duro tradicional, sumergiéndose en el disco y las baladas orquestales con una ironía deliciosa.
La propuesta sonora es una mezcla ecléctica de pop barroco, rock de estadio y destellos de funk-disco, destacando la exitosa balada 'I Never Cry' y la bailable 'Goes to Hell'. El ingenio lírico de Alice brilla más que nunca, utilizando el concepto del infierno como una metáfora de sus propias luchas personales, todo envuelto en una producción pulida al milímetro que prioriza la claridad melódica y los arreglos de teclado sofisticados.
Aunque polarizó a los fans más acérrimos del sonido original de la banda, el álbum fue un éxito comercial que demostró la capacidad de Alice para sobrevivir a las modas cambiantes de mediados de los setenta. Su legado reside en su audacia para cruzar fronteras musicales y en consolidar la faceta de baladista de Alice, recordándonos que detrás del maquillaje siempre hubo un compositor con un sentido del espectáculo y la melodía absolutamente privilegiado.