Con un título tan audaz como irónico, Bird grabó este álbum en los estudios Barefoot de Los Ángeles buscando capturar un sonido de pop orquestal de los años sesenta y setenta, inspirado por la era dorada de compositores como Ennio Morricone y Burt Bacharach. Grabado en directo con una gran banda en una sola habitación, el proceso fue una apuesta por la grandiosidad sonora y la crítica política y social aguda, buscando reflejar el clima de división y alienación del mundo moderno a través de una música que suena clásica, majestuosa y profundamente humana.
Musicalmente, el disco es una obra maestra de arreglos de cuerda exuberantes, ritmos de soul elegante y melodías vocales de una sofisticación inalcanzable en temas como 'Sisyphus', 'Manifest' y 'Bloodless'. El sonido es panorámico, cálido y lleno de una nobleza melódica asombrosa, con una producción que mima cada detalle orquestal para crear una atmósfera de importancia histórica y belleza atemporal, mostrando a un Bird en la plenitud absoluta de sus facultades creativas y técnicas, entregando canciones que son tanto himnos de resistencia como odas a la belleza.
El álbum fue aclamado mundialmente y recibió una nominación al Grammy, siendo considerado por muchos —haciendo honor a su título— como la cumbre de su carrera artística. Su importancia reside en haber logrado una síntesis perfecta entre la ambición orquestal y la sensibilidad indie rock, dejando un legado de excelencia musical que ha reafirmado a Andrew Bird como uno de los tesoros más valiosos de la música contemporánea estadounidense y un artista cuya visión sigue siendo una brújula de calidad y verdad.