Para 1995, Fleetwood Mac era apenas una sombra del coloso que había dominado las listas de éxitos con Rumours y Tusk, y el álbum Time llegó en un momento de incertidumbre absoluta para la banda, pues Mick Fleetwood, John McVie y Christine McVie se encontraban sin la presencia de Stevie Nicks ni Lindsey Buckingham, quienes habían partido para enfocarse en sus carreras solistas; ante este vacío, decidieron reclutar a un grupo de nuevos músicos que incluyó al cantante y guitarrista Bekka Bramlett, hija de los legendarios Delaney & Bonnie, al vocalista Dave Mason, exintegrante de Traffic, y al tecladista y guitarrista Billy Burnette, quien ya había colaborado con ellos en los ochenta; las sesiones se desarrollaron en un ambiente experimental y casi terapéutico, con la producción de Richard Dashut, viejo aliado de la banda, y la supervisión del propio Fleetwood, quien buscaba desesperadamente revitalizar el sonido del grupo sin perder su esencia californiana; el resultado fue un disco que muchos llamaron el 'álbum perdido' de Fleetwood Mac, grabado en estudios de Los Ángeles y en la remota propiedad de Mick en Aspen, donde la nieve y el aislamiento moldearon un tono melancólico y reflexivo que contrastaba con la energía pop de sus trabajos anteriores.
Musicalmente, Time es un collage ecléctico que oscila entre el rock sureño, el pop melódico de los noventa y ecos del blues que había definido los orígenes de la banda en los años sesenta, con canciones como 'I Do' y 'Nothing Without You' que muestran la poderosa voz rasgada de Bekka Bramlett, mientras que 'Winds of Change' y 'Dreamin' the Dream' de Dave Mason aportan un aire de folk rock nostálgico que recuerda a los días de Peter Green; la producción de Dashut es limpia pero carece de la magia etérea que Lindsey Buckingham solía inyectar, aunque hay momentos de genuina belleza como la balada 'These Strange Times', donde la percusión de Fleetwood y el bajo de McVie crean una base hipnótica que sostiene arreglos de cuerdas y teclados; el disco también incluye la colaboración del guitarrista Eddie Van Halen en el tema 'Say You Will', un dato curioso que pocos conocen, y que aporta un destello de virtuosismo eléctrico que contrasta con el tono general, más contenido y acústico; lo que hace especial a Time no es su coherencia, sino su rareza, pues es el único álbum de Fleetwood Mac que suena como una banda completamente diferente, un experimento fallido pero fascinante que muestra a un grupo tratando de reinventarse sin sus pilares creativos.
El impacto cultural de Time fue casi nulo en su momento, ya que las ventas fueron bajas y la crítica lo ignoró en su mayoría, pero con el paso de los años se ha convertido en una pieza de culto para los coleccionistas y los fans más obsesivos de Fleetwood Mac, pues representa el último suspiro de la banda antes de su reunión definitiva con Buckingham y Nicks en 1997; su legado es el de un documento histórico que marca el punto más bajo de una trayectoria legendaria, pero también el más honesto, ya que sin las presiones comerciales ni las disputas internas que caracterizaron sus discos anteriores, Time permite escuchar a músicos talentosos jugando sin red de seguridad; en la historia de la música americana, este álbum importa porque demuestra que incluso las bandas más icónicas pueden perderse a sí mismas, y que a veces el fracaso artístico es más revelador que el éxito, pues en sus surcos quedaron grabadas las dudas de una generación que veía cómo el rock clásico se desvanecía frente al grunge y el pop de los noventa; hoy, quienes se toman el tiempo de escucharlo descubren un tesoro escondido, un espejo roto de lo que Fleetwood Mac pudo haber sido y no fue, y por eso merece un lugar en la memoria de los melómanos que buscan comprender la fragilidad de la grandeza.