A mediados de la década de 2010, Kamasi Washington era un músico de sesión respetado pero relativamente desconocido para el gran público, un saxofonista tenor que había crecido en el sur de Los Ángeles empapándose de la tradición del jazz de la Costa Oeste y del movimiento de la iglesia bautista. Tras participar en el monumental álbum de Kendrick Lamar 'To Pimp a Butterfly', Washington sintió que había llegado el momento de plasmar su propia visión cósmica y colectiva del jazz, un proyecto que venía gestando en su mente desde hacía años. Reunió a una verdadera comunidad de músicos —una big band de más de treinta integrantes a la que llamó 'The Next Step'—, incluyendo a su padre, el flautista Rickey Washington, y a viejos amigos de la infancia como el bajista Miles Mosley y el pianista Cameron Graves. Las sesiones se llevaron a cabo en múltiples estudios de Los Ángeles, pero el alma del disco se forjó en las largas jam sessions nocturnas en su casa, donde la banda ensayaba sin horarios ni presiones, creando una química casi familiar. El resultado fue un torrente de música que, editado por el sello Brainfeeder de Flying Lotus, se convirtió en un triple álbum de casi tres horas de duración, una declaración de intenciones tan ambiciosa como humilde.
El sonido de 'The Epic' es una amalgama deslumbrante que funde el jazz espiritual de John Coltrane con la energía del funk de los años 70, la precisión del hip-hop y la grandiosidad de las bandas sonoras orquestales, todo ello bañado en una producción cristalina que respeta la calidez analógica. Canciones como 'Askim' y 'Change of the Guard' se despliegan con una paciencia hipnótica, construyendo lentamente desde delicados pasajes de piano hasta erupciones colectivas de saxo y sección de vientos, mientras que 'Cherokee' reinventa el estándar con una furia rítmica que recuerda a las bestias del free jazz. La colaboración de la vocalista Patrice Quinn, cuya voz serena y espiritual aparece en temas como 'The Rhythm Changes', aporta un contraste lírico y humano a la instrumentación, y la sección de cuerdas y coro, dirigida por el arreglista Miguel Atwood-Ferguson, eleva cada tema a una dimensión casi cinematográfica. Lo que hace verdaderamente especial a este disco es su capacidad para sentirse a la vez inmenso e íntimo, como si cada nota hubiera sido tocada exactamente en el momento preciso para curar alguna herida colectiva, y la manera en que Washington logra que una big band suene tan orgánica y espontánea como un cuarteto de jazz.
El impacto cultural de 'The Epic' fue inmediato y sísmico, no solo porque devolvió el jazz a las portadas de revistas mainstream y a las listas de lo mejor del año, sino porque demostró que el género podía ser relevante, joven y radical sin renunciar a su tradición. En un momento en que la música afroamericana estaba dominada por el trap y el R&B minimalista, Washington irrumpió con un álbum que abrazaba la complejidad, la duración y la espiritualidad colectiva, inspirando a una nueva generación de músicos a explorar el jazz como un lenguaje vivo y no como un museo. Su legado reside en haber creado un puente entre el público del hip-hop experimental y los puristas del jazz, y en haber redefinido lo que puede ser un disco de jazz en el siglo XXI: un manifiesto político, una ceremonia religiosa y una fiesta comunitaria al mismo tiempo. Por todo ello, 'The Epic' no es solo un álbum, sino un documento de una época en que la música necesitaba recordar su poder para unir, sanar y trascender, y Kamasi Washington se convirtió en el profeta que nos guió de vuelta al sonido del alma.