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Álbum de estudio

On the Corner

Miles Davis
📅 1972🎙 Grabado entre marzo y junio de 1972 en el Columbia Studio B de Nueva York, en un momento en que Miles Davis, inmerso en el vértigo del funk eléctrico y la experimentación psicodélica, buscaba romper definitivamente con el lenguaje del jazz tradicional para sumergirse en un torrente rítmico y visceral que reflejara la agitación racial y social de la América post-sesentera.🎛 Miles Davis y Teo Macero
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A principios de los años setenta, Miles Davis ya no era el príncipe del cool ni el trompetista que había revolucionado el jazz modal; era un explorador sonoro que devoraba el funk de James Brown, el rock de Jimi Hendrix y los ritmos callejeros de la comunidad afroamericana. En 1972, tras el terremoto de 'Bitches Brew' y el experimentalismo de 'Jack Johnson', Miles se sintió cada vez más frustrado con la recepción fría de la crítica y el público blanco que no entendía su deriva eléctrica. Fue así que concibió 'On the Corner' como un acto de provocación, una banda sonora para las esquinas de Harlem y el Bronx, donde el bajo de Michael Henderson, el sitar de Khalil Balakrishna y las guitarras de John McLaughlin y David Creamer tejían un tapiz hipnótico y polirrítmico. Las sesiones, realizadas en el estudio B de Columbia en Nueva York durante la primavera y el verano de 1972, fueron un caos controlado: Miles dirigía a su elenco de músicos —entre ellos el percusionista Mtume, el tecladista Chick Corea y el saxofonista Carlos Garnett— con gestos y gruñidos, grabando largas improvisaciones que luego Teo Macero destrozaba y reensamblaba en la mesa de mezclas con cortes abruptos y loops. El resultado fue un disco que sonaba a motor averiado, a tranvía eléctrico descarrilado, a la respiración asmática de una ciudad que se desangraba en drogas, protestas y desesperanza.

El sonido de 'On the Corner' es un monstruo de múltiples cabezas: el bajo de Henderson pulsa como un latido de concreto, la batería de Jack DeJohnette y Al Foster choca contra congas y shakers en un caos perfectamente orquestado, mientras las guitarras distorsionadas de McLaughlin y Reggie Lucas se enredan en un diálogo áspero y funk. Canciones como 'On the Corner' y 'Black Satin' no tienen melodías definidas, sino mantras rítmicos que se repiten hasta la hipnosis, con la trompeta de Miles sonando como un lamento filtrado a través de un wah-wah, arañando el alma del oyente. Las colaboraciones son un quién es quién de la vanguardia: el violín de Michael Urbaniak, el sitar de Balakrishna y el saxo soprano de Garnett flotan sobre una base de funk sucio que recuerda a Sly Stone pero con una disonancia jarretona que solo un músico de jazz podía concebir. Lo que hace especial a este álbum es su negativa a complacer: no hay solos virtuosos ni estructuras reconocibles, solo un flujo de texturas y ritmos que exigen entrega total, como si Miles hubiera decidido que la música debía ser un campo de batalla sensorial donde el oyente se pierde para encontrarse en el sudor y el ruido de la calle.

En su momento, 'On the Corner' fue un fracaso comercial y una abominación para la crítica: los puristas del jazz lo llamaron basura, las radios lo ignoraron, y hasta los seguidores más leales de Davis se sintieron traicionados por un disco que sonaba a funk industrial y psicodelia abstracta. Sin embargo, con el paso de las décadas, el álbum se ha revelado como una profecía: su uso del groove repetitivo, la edición de cinta y la fusión de ritmos étnicos anticipó no solo el jazz-funk de los ochenta, sino también el ambient, el hip hop y la música electrónica de artistas como DJ Premier, Madlib o Flying Lotus. Hoy, 'On the Corner' es considerado un testamento de la valentía artística de Miles Davis, un disco que se atrevió a decir que el jazz no debía ser un museo, sino una criatura viva que respira el polvo de las calles, y su legado perdura en cada beat sampleado, en cada loop quebrado y en cada músico que, como él, prefiere la incomodidad de la innovación al aplauso fácil de lo conocido.

Recorded atGrabado entre marzo y junio de 1972 en el Columbia Studio B de Nueva York, en un momento en que Miles Davis, inmerso en el vértigo del funk eléctrico y la experimentación psicodélica, buscaba romper definitivamente con el lenguaje del jazz tradicional para sumergirse en un torrente rítmico y visceral que reflejara la agitación racial y social de la América post-sesentera.
ProductionMiles Davis y Teo Macero
LabelColumbia Records