Para cuando Pixies se adentró en el estudio Dreamland, un antiguo recinto bautizado por la presencia de figuras como Bob Dylan y The Band, la banda ya llevaba más de una década de regreso a los escenarios, pero con una formación renovada tras la partida de Kim Deal en 2013. Black Francis, Joey Santiago y David Lovering, ahora acompañados por la bajista Paz Lenchantin, sentían la necesidad de capturar una energía que no habían explorado del todo en sus trabajos anteriores de reunión, como 'Indie Cindy' y 'Head Carrier'. Fue Tom Dalgety, un productor inglés conocido por su trabajo con Royal Blood y Ghost, quien los empujó a grabar en vivo en el estudio, casi sin sobregrabaciones, para recuperar la inmediatez de sus primeros discos. Las sesiones se extendieron por varias semanas, con la banda instalada en el entorno bucólico de Woodstock, lejos de las distracciones urbanas, lo que permitió una concentración casi monástica en los arreglos. Las letras de Francis, siempre crípticas y cargadas de referencias literarias y bíblicas, encontraron en ese ambiente una nueva veta de oscuridad y humor, mientras que la producción de Dalgety buscaba un equilibrio entre la crudeza del sonido clásico de Pixies y una claridad moderna que dejara respirar cada instrumento.
El sonido de 'Beneath the Eyrie' es un fascinante cruce entre la ferocidad de 'Doolittle' y la madurez reflexiva de una banda que ya no tiene veinte años, pero que aún sabe cómo generar tensión y liberación con precisión quirúrgica. Canciones como 'On Graveyard Hill' abren el disco con un riff hipnótico y un estribillo que evoca los coros fantasmales de sus primeros trabajos, mientras que 'Long Rider' muestra a Francis en su faceta más narrativa, con una historia de caballos y escapes que parece sacada de un western de Sam Peckinpah. La presencia de Paz Lenchantin es crucial, no solo por su bajo sólido y melódico, sino porque su voz en armonías le da una nueva dimensión a los coros, especialmente en temas como 'Los Surfer Muertos', donde el español se cuela con una naturalidad que homenajea las raíces californianas de la banda. Joey Santiago, fiel a su estilo, despliega solos que son más atmósfera que virtuosismo, con ese sonido de guitarra que parece siempre al borde del colapso, y Lovering mantiene una batería que va del susurro al estallido sin transiciones forzadas. Lo que hace especial a este disco es que, sin renegar de su legado, Pixies logra sonar contemporáneos, como si hubieran encontrado una manera de dialogar con el rock alternativo actual sin perder su esencia de banda de culto que siempre fue incómoda y magnética.
Aunque 'Beneath the Eyrie' no alcanzó el impacto sísmico de sus obras fundacionales de los 80 y 90, su importancia radica en cómo demostró que una banda legendaria podía seguir siendo relevante sin caer en la nostalgia o la autoparodia. En un momento donde el rock alternativo estaba fragmentado entre revivalismos y experimentaciones digitales, Pixies apostó por la honestidad de una grabación casi en vivo, recordándole a una nueva generación de músicos que la energía cruda y la sensibilidad pop no están reñidas. El disco tuvo una recepción crítica favorable, con elogios hacia su cohesión y la valentía de no intentar replicar el pasado, y canciones como 'Catfish Kate' y 'Death Horizon' se convirtieron en himnos menores en sus conciertos, probando que la banda aún tenía capacidad de sorprender. Para la historia de la música americana, este álbum es un capítulo que cierra el círculo de la reunión de Pixies, mostrando que, incluso después de tres décadas, el ADN de la banda seguía intacto: guitarras que rasgan el cielo, letras que son acertijos y una energía que, como el título sugiere, siempre está mirando desde debajo del ojo de la tormenta.