Para 2014, Samantha Fish ya no era una promesa más del blues de Kansas City: era una guitarrista y cantante que había empezado a rugir con fuerza en la escena underground, pero necesitaba un disco que la definiera más allá de las comparaciones con sus ídolos. 'Runaway' nació de esa necesidad, de una artista que quería dejar atrás la etiqueta de 'chica con guitarra' para convertirse en una narradora de su propia vida, con cicatrices y todo. La grabación se llevó a cabo en el estudio de Mike Zito en Kansas City, un espacio íntimo donde las paredes parecían absorber el sudor de las sesiones. Fish llegó con un puñado de canciones escritas en carreteras y habitaciones de hotel, acompañada por una banda que incluía al propio Zito en la guitarra rítmica, a Hutch Hutchinson en el bajo y a Yonrico Scott en la batería, músicos que entendían que el blues no era solo técnica, sino herida abierta. Las sesiones fueron rápidas, casi furiosas, como si cada nota tuviera que ser arrancada del aire antes de que el sentimiento se evaporara, y el resultado fue un disco que olía a gasolina y bourbon, a madrugadas en las que la música era lo único que mantenía a flote a una mujer que aprendió a llorar con la guitarra.
El sonido de 'Runaway' es un puñetazo en el estómago del blues-rock tradicional, pero con una sensibilidad pop que lo hace accesible sin perder su alma áspera. Canciones como 'Turn It Up' y 'Kiss & Break Up' son himnos de autodefensa emocional, donde la voz de Fish raspa como lija y su slide parece llorar acero. Lo que hace especial a este disco es la química entre la crudeza de sus letras —que hablan de amores tóxicos y huidas hacia adelante— y la precisión quirúrgica de los arreglos, que nunca saturan pero siempre golpean. La colaboración con Mike Zito no solo como productor sino como coescritor en varios temas le dio al álbum una densidad que no tenía en sus trabajos anteriores, un equilibrio entre la furia del rock sureño y la melancolía del delta blues. Hay un momento, en la balada 'Fool's Gold', donde la guitarra de Fish se vuelve tan vulnerable que parece que va a romperse, y eso es exactamente lo que hace que este álbum sea inolvidable: la honestidad brutal de una mujer que no tiene miedo de mostrar que también sangra.
En la historia de la música americana, 'Runaway' no es solo el disco que puso a Samantha Fish en el mapa internacional, sino un testimonio de que el blues podía renovarse sin traicionar sus raíces. Publicado en un momento en que el género luchaba por encontrar nuevas voces que no sonaran a nostalgia barata, este álbum demostró que una mujer joven, blanca y del medio oeste podía tomar el legado de Koko Taylor y Stevie Ray Vaughan y hacerlo propio, sin copiar ni pedir permiso. Su impacto cultural se sintió sobre todo en la escena de festivales europeos, donde Fish se convirtió en cabeza de cartel casi de inmediato, abriendo puertas para otras guitarristas como ella. Pero más allá de los números, lo que importa es que 'Runaway' es un disco que suena a verdad, a carretera y a corazones rotos, y por eso sigue siendo un referente para cualquiera que quiera entender cómo el blues puede ser a la vez un grito de dolor y un canto de libertad.