Para 2014, Spoon ya era una de las bandas más respetadas del indie rock estadounidense, pero también una que cargaba con una exigencia interna feroz después de una década de álbumes impecables. Tras el experimental y minimalista 'Transference' de 2010, Britt Daniel y los suyos tomaron un respiro que se alargó más de lo esperado, y el cantante incluso coescribió canciones para otros proyectos, como la banda sonora de la película 'The Hero' y algunas colaboraciones con el músico Mark Linkous de Sparklehorse. Fue en ese período de búsqueda que Daniel empezó a acumular demos con una claridad pop que no sentía desde 'Ga Ga Ga Ga Ga', y la banda decidió que era hora de trabajar con un productor externo por primera vez en años. Así, reclutaron a Joe Chiccarelli, conocido por su trabajo con The Strokes y The Shins, y al visionario Dave Fridmann, quien había moldeado el sonido de Flaming Lips y Tame Impala, para que los ayudaran a destilar esas canciones en algo más pulido pero igualmente visceral. Las sesiones se repartieron entre el estudio de Fridmann en el norte del estado de Nueva York y el cuartel general de Spoon en Austin, donde la banda grabó en vivo, con la urgencia de quien sabe que tiene algo especial entre manos. El resultado fue un disco que respiraba la tensión de una banda que había estado al borde de la disolución, pero que encontró en esa misma fragilidad una nueva fuerza creativa.
Musicalmente, 'They Want My Soul' es un puñetazo de energía contenida que mezcla el garage rock más afilado con una producción cristalina y un sentido del espacio casi cinematográfico, algo que Fridmann logró sin opacar la crudeza de la banda. Canciones como 'Do You' explotan con un riff hipnótico y una batería que parece un latido desbocado, mientras que 'Inside Out' es un ejercicio de pop oscuro con un estribillo que se clava en la memoria, apoyado en un bajo que recuerda a los mejores momentos de New Order. La colaboración más destacada es la del tecladista Alex Fischel, quien se integró como miembro oficial y aportó texturas de sintetizador que ensancharon el sonido del grupo, dándole un brillo melancólico a canciones como 'Rainy Taxi' y 'I Just Don't Understand'. Lo que hace especial a este álbum es cómo Spoon logra sonar a la vez familiar y sorprendente: Britt Daniel canta con una urgencia que recuerda a su juventud punk, pero las letras hablan de madurez, de buscar un alma en medio del caos, y la producción de Chiccarelli y Fridmann añade capas de ruido controlado que nunca desentonan. Hay momentos de pura catarsis, como el crescendo final de 'Outlier', y otros de intimidad desgarradora, como la balada 'New York Kiss', que muestra a una banda capaz de emocionar sin perder su filo. Es un disco que suena a una banda que ha aprendido a usar el estudio como un instrumento más, sin traicionar la inmediatez de su directo.
El impacto de 'They Want My Soul' fue inmediato: la crítica lo recibió como un regreso triunfal y muchos lo consideraron su mejor trabajo hasta la fecha, alcanzando el puesto número 4 en la lista Billboard 200 y consolidando a Spoon como un pilar del rock independiente en una década dominada por el pop y el hip hop. El álbum marcó un antes y después en la carrera de la banda, porque demostró que podían evolucionar sin perder su identidad, y que el riesgo de trabajar con productores externos podía dar frutos inesperados en lugar de diluir su personalidad. Culturalmente, este disco llegó en un momento en que el indie rock buscaba nuevas formas de sobrevivir en la era del streaming, y Spoon ofreció una lección de artesanía: canciones que funcionan tanto en un club pequeño como en un festival, con letras que hablan de la complejidad de las relaciones humanas sin caer en clichés. Su legado es el de un álbum que envejece como el buen vino, que sigue sonando fresco una década después y que inspiró a bandas más jóvenes a abrazar la producción ambiciosa sin miedo a perder la esencia. Además, canciones como 'Do You' se convirtieron en himnos generacionales, y el disco en su conjunto reafirmó a Spoon como una de las bandas más consistentes y relevantes de su era, capaz de hacer que el rock suene necesario en un mundo que a menudo lo daba por muerto.