En plena Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos necesitaba afirmar su identidad cultural. Agnes de Mille, coreógrafa visionaria, soñaba con un ballet que capturara el espíritu del oeste americano pero desde una mirada femenina. Le pidió a Aaron Copland que escribiera la música, y él aceptó entusiasmado. 'Rodeo' nació rápido (pocos meses de composición, en 1942) y con una urgencia patriótica pero alegre. La historia es sencilla y universal: una chica vaquera (la 'Cowgirl') compite por la atención de los hombres del rancho, se siente rechazada, y finalmente encuentra el amor al aceptar su propia feminidad. Puede leerse hoy con cierta ingenuidad, pero la música de Copland es todo menos ingenua. El estreno en el Met fue un éxito rotundo: la audiencia aplaudió durante diez minutos y la coreógrafa salió a saludar veintidós veces. Era el comienzo de una amistad artística que marcaría la carrera de ambos.
El sonido de 'Rodeo' es pura energía y alegría de vivir. Copland recurre al folclore vaquero con generosidad: 'Sí, señor, ese es mi bebé' y 'Willie the Weeper' aparecen citadas, pero las transforma en una partitura vibrante y llena de humor. El ballet se divide en cuatro partes: 'Buckaroo Holiday' (un estallido de cuerdas y metales que suena a caballos galopando en círculos), 'Corral Nocturne' (una balada nocturna y sensual, con trompas solitarias y violines melancólicos), 'Saturday Night Waltz' (la pieza más famosa, una melodía que parece flotar en el aire del salón de baile) y 'Hoe-Down' (el clímax, un torrento de violines, trompetas y el famoso tema de 'Bonaparte's Retreat' que hace imposible quedarse quieto). La orquestación es brillante y directa: Copland usa las cuerdas como cuerdas de violín country, los metales como fanfarrias de rodeo, y la percusión (incluyendo un banjo auténtico en algunas versiones) para crear un mundo sonoro que te transporta a un día de campo. No hay colaboraciones vocales, pero la coreógrafa Agnes de Mille fue una colaboradora esencial: la música y la danza nacieron juntas, como hermanas siamesas.
El legado de 'Rodeo' es el de una celebración eterna. La suite orquestal, especialmente el 'Hoe-Down', se ha convertido en un icono de la música americana, utilizada en anuncios, películas (como la famosa escena de baile en 'Un americano en París') y conciertos de rock (Emerson, Lake & Palmer hicieron una versión famosa). La crítica de la época no dudó en calificarla como 'una ráfaga de aire fresco en medio de la guerra', y el público la adoptó como propia. Hoy, 'Rodeo' sigue siendo una de las obras más interpretadas de Copland, y cada nuevo montaje del ballet completo (raro, pero valioso) demuestra que su potencia dramática no ha caducado. Su legado más profundo es su optimismo: en un mundo roto por la guerra, Copland compuso una música que decía 'la vida sigue, la fiesta no ha terminado'. Y esa lección de resiliencia a través de la alegría es quizás el mejor de los legados. Un himno al buen humor y a la danza, tan americano como el pastel de manzana.