A principios de la década de 2010, Steven Ellison, conocido como Flying Lotus, ya era una figura central en la escena beat de Los Ángeles, pero el peso de su legado familiar —era sobrino nieto de John Coltrane y Alice Coltrane— comenzaba a sentirse como una bendición y una carga a la vez. Tras la muerte de su madre, Ellison canalizó su duelo hacia una exploración sonora que rompiera los límites del hip hop instrumental, el jazz y la electrónica. El álbum fue concebido en su pequeño estudio casero en Hollywood, donde pasaba horas manipulando samplers y sintetizadores, pero también se gestó en colaboración con músicos de sesión que conocía de la escena underground. Grabó partes de cuerdas en vivo con el cuarteto de Miguel Atwood-Ferguson, y experimentó con grabaciones de campo y texturas digitales que luego procesaba hasta volverlas irreconocibles. La energía del disco nació de sesiones nocturnas donde Ellison, rodeado de vinilos de Sun Ra y discos de IDM, buscaba crear un puente entre lo orgánico y lo algorítmico, entre el dolor y la euforia.
Cosmogramma suena como un sueño febril donde el beat de la tierra se encuentra con las frecuencias del espacio exterior; es un collage denso y vertiginoso que funde el jazz modal de Coltrane con la electrónica glitch de Autechre y la sensualidad del soul cósmico de su tía Alice. Canciones como 'Computer Face // Pure Being' abren el disco con un ritmo sincopado que parece desarmarse y reconstruirse a cada instante, mientras que '…And the World Laughs with You', con Thom Yorke, flota entre la paranoia y la belleza etérea. La colaboración con el baterista de jazz Deantoni Parks y el bajista Thundercat es fundamental: sus líneas rítmicas líquidas y llenas de armónicos le dan al álbum una base orgánica que contrasta con los sintetizadores distorsionados y los samples de voces procesadas. Temas como 'Galaxy in Janaki' y 'Table Tennis' muestran su obsesión por la polirritmia y la microtonalidad, mientras que 'MmmHmm' cierra el disco con una calma casi mística, como si el viaje hubiera llegado a un lugar de paz. Lo que hace especial a Cosmogramma es su capacidad para ser a la vez cerebral y visceral, un mapa sonoro de la mente de un artista que convierte la pérdida en pura abstracción rítmica.
El impacto de Cosmogramma fue inmediato y profundo: no solo redefinió el sonido del beat experimental en la década de 2010, sino que abrió una puerta para que una nueva generación de productores fusionara el jazz con la música electrónica sin complejos. La revista Pitchfork lo colocó en la cima de sus listas anuales, y artistas como Kendrick Lamar citaron a Flying Lotus como una influencia clave para la experimentación sonora del hip hop contemporáneo. Pero más allá de los rankings, el álbum se convirtió en un documento emocional de una época donde la tecnología permitía a los músicos explorar la espiritualidad a través del ruido digital. Su legado perdura en discos de Kamasi Washington, Thundercat y en la escena del jazz fusión moderno, que encontró en Cosmogramma un manifiesto para romper las barreras entre géneros. Es, en esencia, un álbum que le habla al cosmos desde el dolor más humano, y que sigue sonando como una transmisión de radiofrecuencia de una galaxia paralela donde la música no conoce fronteras.