Para 2012, Lettuce ya no era la banda de funk experimental que había irrumpido en los noventa; tras un receso que casi los disuelve, los músicos se reencontraron con la madurez de veteranos del groove, y Fly surgió como una declaración de resistencia y evolución. Grabado entre sesiones frenéticas en Nueva York y la serenidad de Colorado, el álbum nació de jam sessions espontáneas donde cada miembro aportó ideas desde sus proyectos paralelos —como Soulive o el trabajo de Adam Deitch con Pretty Lights—, creando un crisol de influencias que iban del jazz fusión al hip hop instrumental. La producción contó con la colaboración de Eli "Paperboy" Reed, quien aportó una sensibilidad retro pero nítida, capturando la electricidad de sus shows en vivo sin perder la precisión de estudio. El disco se gestó en un momento en que la banda buscaba despojarse de etiquetas, abrazando tanto los ritmos bailables como las texturas psicodélicas que siempre los caracterizaron. Con una formación que incluía a Eric Krasno en guitarra, Neal Evans en teclados y el inconfundible saxo de Ryan Zoidis, Fly se convirtió en un testimonio de cómo la química de un grupo puede refinarse con los años sin perder su esencia cruda.
Sonoramente, Fly es un torbellino de líneas de bajo funky que parecen caminar solas, baterías quebradas con precisión milimétrica y vientos que estallan como fuegos artificiales en temas como 'The New Reel' y 'Blast Off', donde la banda demuestra que el funk puede ser a la vez cerebral y visceral. La canción que da título al álbum es un viaje hipnótico de casi siete minutos que combina un riff de guitarra hipnótico con una sección rítmica que no da respiro, mientras que 'Madison Square' rinde homenaje al jazz fusión setentero con un solo de teclado que evoca a Herbie Hancock en su era más eléctrica. Colaboraciones como la del trompetista Rashawn Ross (de Dave Matthews Band) y el percusionista Sammy Figueroa añaden capas de textura que elevan cada tema, y la producción de Reed logra que cada instrumento respire en un equilibrio casi quirúrgico. Lo que hace especial a este disco es su capacidad para ser un álbum de funk instrumental que no teme a la oscuridad, con momentos de introspección como 'Do It Again' que contrastan con la euforia de 'The Source', demostrando que Lettuce no solo sabe hacer bailar, sino también emocionar.
Fly llegó en un momento en que el funk instrumental parecía un género de nicho, pero la banda logró que el álbum trascendiera las fronteras del jam band scene para ser redescubierto por una nueva generación de oyentes ávidos de groove orgánico en una era dominada por el pop digital. Su impacto se sintió en festivales como Bonnaroo y Jazz Fest, donde las canciones de Fly se convirtieron en himnos improvisados que demostraban que la música en vivo aún podía sorprender, y en la escena del funk revival de los 2010, este disco sirvió de puente entre los sonidos clásicos de los setenta y la energía del new groove. El legado de Fly reside en cómo redefinió lo que una banda de funk podía ser en el siglo XXI, sin miedo a abrazar la complejidad armónica del jazz y la pegajosidad del R&B, todo mientras mantenía los pies en la pista de baile. Para la historia de la música americana, este álbum es un recordatorio de que el funk no es solo un género, sino un estado mental colectivo, y Lettuce, con este trabajo, selló su lugar como guardianes de una tradición que se niega a morir.