Tras el monumental éxito de 'We Were Dead Before the Ship Even Sank' en 2007 y la gira interminable que le siguió, Modest Mouse se sumió en un silencio creativo que duró casi una década, un hiato marcado por proyectos paralelos, adicciones, divorcios y la lenta descomposición de la química interna que alguna vez los hizo tan volátiles y brillantes. Isaac Brock, el carismático y errático frontman, pasó años rumiando letras en granjas aisladas y estudios improvisados, lidiando con la presión de repetir un éxito que nunca buscó, mientras la banda se reagrupaba lentamente en sesiones dispersas entre Portland y el norte de Wisconsin, donde el productor Justin Vernon (Bon Iver) prestó su estudio y su oído para ayudar a destrabar el proceso. Las grabaciones se extendieron por más de dos años, con múltiples productores y una docena de canciones descartadas, reflejando una lucha interna por encontrar un nuevo sonido que no traicionara su espíritu indie pero que pudiera sostenerse en la arena de los estadios. El bajista Eric Judy, columna vertebral rítmica desde los inicios, dejó la banda poco después de terminar el álbum, agotado por las tensiones, lo que convirtió a 'Strangers to Ourselves' en un epitafio no declarado de una formación clásica. El resultado es un disco que suena exactamente como lo que es: el trabajo de una banda que ya no se reconoce a sí misma, buscando a tientas una identidad en medio del ruido de sus propias expectativas.
Musicalmente, el álbum es un Frankenstein fascinante y desigual, que oscila entre la energía nerviosa de sus primeros discos y una producción pulcra y casi pop que a veces sofoca la aspereza que los hizo únicos, con canciones como 'Lampshades on Fire' que disparan riffs frenéticos y coros pegajosos, mientras que 'The Ground Walks, with Time in a Box' se arrastra con un groove psicodélico y spoken word que recuerda al spoken word más oscuro de 'The Lonesome Crowded West'. Colaboraciones notables incluyen a James Mercer (The Shins) en coros y a la percusionista Lisa Molinaro, que añade texturas orquestales, pero la figura fantasma más importante es la de Johnny Marr, quien aunque no participó directamente en este disco, su influencia en la guitarra melódica y atmosférica se siente en capas que Brock intenta replicar sin éxito total. Temas como 'Pistol (A. Cunanan, Miami, FL. 1996)' son inclasificables: un spoken word de percusión tribal y piano disonante sobre el asesino de Gianni Versace, que muestra la obsesión de Brock por lo grotesco y lo humano, mientras que la balada 'Ansel' aborda la muerte de su hermanastro en un accidente de montaña con una crudeza que corta la respiración. La producción de Scott Litt, conocido por trabajar con R.E.M. y Nirvana, intenta darle cohesión a una colección dispersa de ideas, pero a menudo la mezcla se siente demasiado limpia, como si hubieran lavado el barro de debajo de las uñas que antes definía su sonido, dejando un disco que es hermoso a ratos y frustrante en otros, exactamente como una banda perdida en el desierto de su propia leyenda.
El impacto de 'Strangers to Ourselves' fue inmediatamente polarizante, recibiendo críticas mixtas que alababan su ambición pero señalaban su falta de dirección, y aunque debutó en el puesto número 3 del Billboard 200, nunca logró el fervor cultural de sus obras maestras de los 90 y principios de los 2000, quedando como un extraño capítulo medio olvidado en una discografía legendaria. Sin embargo, con el tiempo, el disco ha sido reivindicado por una generación de oyentes que encontraron en su imperfección un espejo de la madurez y la confusión adulta, alejándose del mito del indie rock juvenil para abrazar la complejidad de envejecer sin respuestas. Su verdadero legado quizás no esté en las listas de éxitos sino en cómo documenta el momento exacto en que una banda icónica dejó de ser lo que era sin saber aún qué iba a ser, un documento sonoro de la crisis de los cuarenta en la vida de un grupo. Temas como 'Sugar Boats' y 'Coyotes' han encontrado una segunda vida en playlists nostálgicas y en la comprensión de que, aunque fallido, este álbum es un testimonio valiente de la vulnerabilidad artística. Para la historia de la música americana, 'Strangers to Ourselves' representa el fin de una era: el último gran álbum de una banda que nunca volvería a grabar con su formación original, y un recordatorio de que incluso los gigantes del indie rock tropiezan, y que a veces esos tropiezos son más interesantes que los pasos perfectos.