A mediados de los años sesenta, Neil Diamond era un compositor hambriento que ya había escrito temas para artistas como Jay and the Americans y The Monkees, pero aún no encontraba su propia voz como cantante. Tras firmar con el sello independiente Bang Records, propiedad de Bert Berns, Diamond se sumergió en una serie de sesiones febriles en los estudios RCA de Hollywood, donde el ambiente creativo bullía entre músicos de sesión de primer nivel y una producción que buscaba capturar la energía pop de la época. Este álbum, su segundo larga duración, surgió en un momento de transición donde el artista intentaba equilibrar su talento como autor de canciones pegajosas con una incipiente personalidad interpretativa que aún no terminaba de definirse. Las grabaciones se realizaron con un equipo reducido pero efectivo, incluyendo al bajista Jimmy Bond y al baterista Earl Palmer, dos figuras clave en el sonido de Los Ángeles, mientras que los arreglos de cuerdas y vientos añadían un brillo comercial que buscaba conquistar las radios. Diamond, con su característico pelo rizado y una mirada intensa, entregaba cada toma con una urgencia que reflejaba su deseo de ser escuchado, aunque el disco aún cargaba con las incertidumbres de un artista en formación.
Musicalmente, 'Feel of Neil Diamond' es un crisol de pop orquestado, folk rock incipiente y el brillo del Brill Building, con canciones que oscilan entre la melancolía juvenil y estallidos de energía melódica. Temas como 'You Got to Me' y 'Solitary Man' muestran a un Diamond que ya dominaba el arte del estribillo instantáneo, mientras que 'Cherry, Cherry' —aunque lanzada como sencillo después del álbum— se convertiría en un himno de su repertorio temprano con su riff de guitarra hipnótico y coros explosivos. La producción de Jeff Barry y Ellie Greenwich, un matrimonio legendario de compositores, aporta un barniz de pop sofisticado que a veces choca con la crudeza vocal de Diamond, creando una tensión fascinante entre lo artesanal y lo visceral. Los arreglos de cuerdas, a cargo de Artie Butler, envuelven las canciones en un manto de orquestación que recuerda a los trabajos de Phil Spector, pero con un toque más íntimo y menos abarrocado. Colaboraciones con músicos como el guitarrista Al Gorgoni y el percusionista Gary Chester le dan al disco una base rítmica sólida, mientras que la voz de Diamond, aún sin pulir, ya poseía ese timbre grave y vibrante que lo haría único. Lo que hace especial a este álbum es su honestidad incómoda: no es un disco perfecto, sino el testimonio de un artista buscando su lugar entre el pop de masas y la confesión personal.
El legado de 'Feel of Neil Diamond' reside en ser la piedra angular de su primera etapa, un documento sonoro que captura la fragilidad y la ambición de un joven que pronto se convertiría en un fenómeno mundial. Aunque en su momento no fue un éxito arrollador en ventas, canciones como 'Solitary Man' se convirtieron en clásicos atemporales que definieron la narrativa del solitario romántico, un arquetipo que Diamond explotaría con maestría décadas después. Este disco también marcó el inicio de su colaboración con Bang Records, una relación que, aunque breve y conflictiva, produjo algunos de sus temas más perdurables y sentó las bases para su posterior salto a la fama con el sello Uni. Culturalmente, el álbum refleja la efervescencia del pop de mediados de los sesenta, cuando la invasión británica y el folk rock estadounidense se disputaban las listas, y Diamond logró insertar su voz personal sin renunciar a la accesibilidad. Para los críticos, este trabajo es a menudo subestimado frente a joyas posteriores como 'Sweet Caroline' o 'Cracklin' Rosie', pero los conocedores lo reivindican como el momento donde un compositor de oficio se atrevió a cantar sus propias heridas. En la historia de la música americana, 'Feel of Neil Diamond' importa porque demuestra que el camino hacia el estrellato está lleno de tanteos y que, a veces, los discos imperfectos son los que mejor retratan el alma de un artista.