Corría el año 2006 cuando Patti Smith, ya consagrada como la madrina del punk y una de las voces poéticas más feroces de su generación, decidió emprender un viaje íntimo hacia el pasado ajeno, ese cancionero que la había moldeado antes de que ella misma se convirtiera en leyenda. Tras la pérdida de su esposo y la devastación del huracán Katrina, Smith encontró en la reinterpretación de doce clásicos una forma de sanar y de rendir homenaje a los fantasmas musicales que la acompañaban desde la infancia. Se rodeó de su banda de toda la vida, con Tony Shanahan en el bajo y Jay Dee Daugherty en la batería, y se encerró en los míticos estudios Electric Lady de Nueva York, donde décadas atrás Jimi Hendrix había tejido sus hechizos eléctricos. Las sesiones fueron orgánicas y espontáneas, con la urgencia de quien no busca perfección sino verdad, y con la complicidad de músicos que entendían que cada nota debía sonar a despedida y a renacimiento. Smith no quería imitar las versiones originales, sino habitarlas desde su propia experiencia, convirtiendo cada canción en una carta de amor escrita con la tinta de sus cicatrices.
El resultado sonoro de 'Twelve' es un tejido de punk, rock, folk y una pizca de misticismo que transforma cada cover en una declaración de principios, con la voz de Smith quebrada y poderosa como un faro en la tormenta. La versión de 'Gimme Shelter' de los Rolling Stones se convierte en una plegaria desgarrada, mientras que 'Smells Like Teen Spirit' de Nirvana es despojada de su furia grunge para revelar una melancolía casi etérea, un susurro que resuena más fuerte que el grito original. Destaca también su interpretación de 'Within You Without You' de los Beatles, donde el sitar se fusiona con la poesía beatnik de Smith, y la desgarradora lectura de 'Everybody Wants to Rule the World' de Tears for Fears, que aquí suena a profecía apocalíptica. Cada tema está tratado con el respeto de quien sabe que no se puede mejorar lo inmortal, pero sí devolverle una nueva capa de significado, y las colaboraciones de músicos como Tom Verlaine de Television o John Cale aportan texturas que oscilan entre lo etéreo y lo visceral. Lo que hace especial a este disco es que Smith no busca complacer al oyente, sino confrontarlo con la fragilidad de los himnos que creíamos inmunes al paso del tiempo.
El impacto cultural de 'Twelve' reside en su audacia al demostrar que una artista de su estatura podía mirar atrás sin perder un ápice de su rebeldía, reafirmando que el cancionero popular es un territorio vivo que merece ser revisitado con honestidad brutal. En un momento donde la industria musical devoraba nostalgia prefabricada, Smith ofreció un álbum que no era un refrito sino un acto de fe, una declaración de que las canciones de otros pueden ser tan propias como las que una escribe con sangre. El legado de este trabajo es doble: por un lado, inspiró a toda una generación de artistas a abordar las versiones como reinvenciones totales, y por otro, consolidó a Smith como una cronista sentimental capaz de encontrar lo universal en lo íntimo. 'Twelve' no es un simple disco de covers, es un espejo donde se reflejan las sombras de la guerra, la pérdida, la esperanza y la resistencia, y por eso sigue siendo una obra necesaria en la historia de la música americana. Aunque la crítica se dividió entre quienes lo consideraron un exceso de nostalgia y quienes lo vieron como una obra maestra de reinterpretación, el tiempo le ha dado la razón a Smith: estas doce canciones hoy suenan más urgentes que nunca, como si ella hubiera profetizado el desasosiego de un siglo que apenas empezaba.