A principios de los años setenta, Chicago era una caldera de talento musical donde el blues, el jazz y el rock se mezclaban en sótanos humeantes y clubes de neón. Styx surgió de esa efervescencia, pero no como la máquina de himnos de estadio que luego conoceríamos, sino como un quinteto ambicioso que aún gateaba en el rock progresivo, con Dennis DeYoung en teclados y voz, los hermanos James Young y John Curulewski en guitarras, Chuck Panozzo en bajo y John Panozzo en batería. Este álbum homónimo fue su declaración de principios, grabado con los huesos aún verdes pero con el corazón lleno de ideas que rebosaban de teclados orquestales y cambios de compás inesperados. La banda había firmado con el pequeño sello Wooden Nickel Records, propiedad de Bill Traut, quien también coprodujo el disco, y el estudio Paragon se convirtió en el laboratorio donde dieron forma a un sonido que todavía olía a sótano de ensayo. Fue un disco hecho con la urgencia de quien sabe que tiene algo que decir pero aún no encuentra las palabras exactas, una especie de borrador rugoso de lo que Styx sería capaz de lograr.
Musicalmente, 'Styx' es una bestia extraña que coquetea con el rock sinfónico y el hard rock primitivo, con largas suites como 'Movement for the Common Man' que desnudan la influencia de Emerson, Lake & Palmer y Yes, pero con un toque más terrenal y menos pretencioso. Canciones como 'Best Thing' y 'Quick is the Beat of My Heart' muestran a una banda que aún no domina la fórmula de la canción pop, pero que ya sabe cómo construir atmósferas densas y giros armónicos sorprendentes. La producción de Bill Traut es cruda, casi artesanal, con un sonido de batería que retumba como en un garaje y teclados que parecen flotar sobre una capa de neblina analógica. Lo que hace especial a este disco es precisamente su imperfección: la energía de unos músicos que todavía no saben que están destinados a llenar estadios, y que por eso mismo se permiten experimentar sin miedo. Las colaboraciones se limitan a la propia banda, sin invitados externos, lo que refuerza la sensación de que estamos escuchando un documento íntimo de cinco tipos encerrados en una habitación.
El impacto de este álbum fue modesto en su momento, apenas un susurro en la escena de Chicago, pero su legado es el de la semilla que germinaría en obras maestras posteriores como 'The Grand Illusion' o 'Pieces of Eight'. Para los fanáticos del rock progresivo de la vieja escuela, 'Styx' es una joya oculta que revela el ADN de una banda que supo evolucionar sin perder su esencia, aunque muchos la acusaran de venderse al pop más tarde. Este disco importa porque captura a Styx en su estado más puro, antes de que la maquinaria del éxito los puliera hasta volverlos brillantes y comerciales. Es una cápsula del tiempo que huele a vinilo gastado y a humo de amplificador, un recordatorio de que incluso los gigantes del rock comenzaron como soñadores inseguros en un estudio barato de Chicago. Cada vez que alguien lo descubre hoy, se encuentra con la emoción de un primer amor musical, con esa energía cruda que solo existe cuando aún no sabes que puedes fracasar.