A mediados de los 2000, The B-52’s parecían una reliquia feliz de los ochenta, pero tras la muerte del guitarrista Ricky Wilson en 1985 y un largo receso, la banda decidió reunirse para un nuevo álbum de estudio, el primero desde ‘Dusty in Here’ (1990). Kate Pierson, Fred Schneider, Cindy Wilson y Keith Strickland se instalaron en el estudio de Steve Albini en Chicago, un productor conocido por su sonido crudo y directo, y luego continuaron en Los Ángeles, buscando un equilibrio entre la energía lo-fi de sus primeros discos y la producción moderna. La grabación fue un proceso intenso y catártico, donde los miembros redescubrieron su química musical después de años de tocar en vivo esporádicamente y colaborar en otros proyectos. Albini, famoso por su trabajo con Nirvana y Pixies, aportó una textura áspera y orgánica que contrastaba con el pulido pop de los 2000, pero la banda insistió en mantener su esencia festiva y excéntrica. El álbum se completó con mezclas en Los Ángeles, y el resultado fue un disco que sonaba a B-52’s, pero con una capa de polvo y sudor de garaje.
Musicalmente, ‘Funplex’ es un coctel efervescente de new wave, dance-punk y surf rock, con sintetizadores juguetones que chocan contra guitarras afiladas y la inconfundible voz de Fred Schneider, que suelta frases absurdas y provocativas como si estuviera en una fiesta interminable. Canciones como la homónima ‘Funplex’ abren el disco con un bajo funk y un coro contagioso que habla de un centro comercial como paraíso artificial, mientras que ‘Juliet of the Spirits’ canaliza el espíritu de los 80 con teclados brillantes y armonías etéreas de Kate y Cindy. La colaboración con Steve Albini no diluyó la teatralidad de la banda; al contrario, canciones como ‘Love in the Year 3000’ tienen un groove robótico que recuerda a su clásico ‘Rock Lobster’, pero con una producción más terrenal. El disco incluye también ‘Hot Corner’, un tema que mezcla ritmos latinos con el caos característico de la banda, y ‘Eyes Wide Open’, una balada psicodélica que muestra su lado más introspectivo. Lo que hace especial a ‘Funplex’ es cómo logra ser un disco de nostalgia sin sonar nostálgico, reinventando su fórmula con una energía que parecía imposible después de tantos años.
Aunque ‘Funplex’ no fue un éxito masivo en ventas, su impacto cultural reside en ser un testimonio de resistencia y creatividad en una época donde el rock alternativo y el pop electrónico estaban dominados por bandas más jóvenes y serias. En un mundo post-9/11 y pre-crisis financiera, The B-52’s ofrecieron una escapada lúdica y queer, reivindicando la alegría como acto político, algo que resonó especialmente en la comunidad LGBTQ+ y en los marginados que encontraron en su música un refugio festivo. El disco también demostró que una banda de los 80 podía adaptarse sin traicionar su esencia, inspirando a grupos como LCD Soundsystem o MGMT que exploraban el revival del dance-punk. Hoy, ‘Funplex’ se ve como un puente entre el legado de la new wave y la música indie del nuevo milenio, y canciones como ‘Funplex’ y ‘Juliet of the Spirits’ siguen sonando en clubes retro y playlists de verano. Su legado es el de una banda que, contra todo pronóstico, volvió a hacer lo que mejor sabían: celebrar la rareza y la diversión en un mundo que a menudo las olvida.