Para 2009, Weezer ya no era la banda de nerds entrañables que había revolucionado el rock alternativo a mediados de los noventa; Rivers Cuomo, su líder y compositor, se encontraba en una encrucijada creativa, obsesionado con escribir hits pop que sonaran en las radios juveniles y en las pistas de baile. Tras el lanzamiento del álbum rojo en 2008, que había intentado democratizar la composición entre los miembros de la banda pero resultó en una obra desigual, Cuomo decidió tomar las riendas con una estrategia radical: reclutar a productores y compositores del pop mainstream, desde Dr. Luke hasta Jermaine Dupri, para crear un disco que sonara absolutamente contemporáneo. Las sesiones de grabación se llevaron a cabo en varios estudios de Los Ángeles, con Cuomo escribiendo canciones en colaboración con figuras del pop y el hip-hop, en un proceso que muchos puristas consideraron una traición a las raíces guitarreras del grupo. El resultado fue Raditude, un álbum que nació de la ambición comercial y la voluntad de sobrevivir en un panorama musical dominado por el pop electrónico y el rock de estadio. La banda, reducida casi a un vehículo para las visiones de Cuomo, grabó pistas con una energía frenética, buscando capturar la inmediatez de la radio FM en cada riff y cada estribillo, mientras los seguidores de la primera hora observaban con perplejidad y escepticismo.
Musicalmente, Raditude es un collage audaz y a menudo desconcertante que abraza el pop punk, el power pop, el dance rock y hasta incursiones en el hip-hop y el reggae, todo sazonado con la ironía y el humor torpe que siempre caracterizó a Weezer. Canciones como '(If You're Wondering If I Want You To) I Want You To' abren el disco con un riff de guitarra eléctrica y un estribillo tan pegajoso que duele, mientras que 'I'm Your Daddy' coquetea con el pop electrónico y la producción brillante de Dr. Luke. La colaboración con el rapero Chamillionaire en 'Can't Stop Partying' es uno de los momentos más divisivos del álbum, una canción que originalmente era una balada acústica y que se transformó en un himno pop con autotune y ritmo bailable, desatando la furia de los fans más ortodoxos. Temas como 'Put Me Back Together' y 'Trippin' Down the Freeway' muestran la habilidad de Cuomo para escribir melodías instantáneas, pero con una producción excesivamente limpia que sacrifica la crudeza emocional. La balada 'The Prettiest Girl in the Whole Wide World' intenta recuperar la ternura de los primeros discos, pero suena forzada dentro del contexto del álbum. Lo que hace especial a Raditude es precisamente su falta de pudor: es un disco que no pide disculpas por querer ser un hit, que mezcla géneros con la torpeza de un adolescente que aún no sabe bien qué quiere ser, pero que lo intenta con una energía contagiosa y a veces patética.
El impacto cultural de Raditude fue, en el mejor de los casos, mixto: el álbum debutó en el puesto número 7 del Billboard 200 y generó algunos sencillos que sonaron en la radio, pero fue recibido con críticas mayoritariamente negativas y una sensación generalizada de que Weezer había perdido el rumbo definitivamente. Para muchos, este disco representó el punto más bajo de la banda, un ejercicio de venderse al sistema que contradecía todo el espíritu indie y alternativo que los había hecho famosos, y los memes y burlas en internet no se hicieron esperar. Sin embargo, con el paso de los años, Raditude ha sido revalorizado por una nueva generación de oyentes que crecieron con el pop de los 2000 y que ven en su eclecticismo una muestra de valentía y honestidad pop. El álbum es importante en la historia de la música porque documenta el momento exacto en que el rock alternativo dejó de ser una fuerza dominante y se fusionó sin complejos con el pop y el hip-hop, anticipando el sonido de bandas como Imagine Dragons o Twenty One Pilots. Además, Raditude es un testimonio de la crisis de identidad de una generación de músicos que vieron cómo su público se reducía y decidieron, para bien o para mal, adaptarse o morir. Hoy, escucharlo es como abrir una cápsula del tiempo de finales de los 2000, con todos sus excesos, su brillo superficial y su honesta desesperación por ser amado, y quizás por eso, merece ser recordado no como un error, sino como un gesto de sinceridad pop en un mundo que ya no sabía qué quería escuchar.